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Jueves, 16 Febrero 2017 10:52

EL PAN

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Históricamente el pan ha sido un producto fundamental en la dieta por sí mismo.
Se elaboraba desde antes incluso de que existiera nuestra civilización. Se molía laboriosamente el trigo entre dos piedras para obtener primeramente la harina. Esos granos molidos eran mezclados con levadura, sal y agua para formar una masa que se dejaba fermentar hasta que, por arte de magia, doblaba su volumen.

A continuación se horneaba convirtiéndolo en una masa crujiente y esponjosamente deliciosa, que servía para alimentar a una familia durante varios días.
No es de extrañar pues, que se haya venerado a este alimento y que en muchas culturas se convirtiese en base nutritiva y acompañamiento de muchos otros alimentos, sobre todo en aquellos lugares donde el trigo se cultivaba fácilmente.
Aunque lo cierto es que el pan que se consume en la actualidad poco tiene que ver con el pan que se consumía antiguamente, y mucho menos con el valor nutritivo del que éste podía presumir.
 Analicemos un grano de trigo para ver de qué se compone y veremos que está formado por tres partes; el germen de trigo (donde encontramos todo el valor nutricional), el salvado y el endospermo. Si uno quiere realmente nutrirse debe consumir las tres partes del grano en la proporción que la naturaleza los combinó. El problema vino en el momento en el que se comenzó a refinar la harina. El trigo se refina para  garantizar una mayor duración de la harina y por tanto del pan, puesto que el grano íntegro contiene grasas y es susceptible de enranciamiento. Así que para evitar el deterioro de los granos se comenzó a prescindir de gran parte del grano. A través del proceso de refinamiento, se consiguió obtener una harina muy blanca con amplio margen de caducidad pero mucho menos nutritiva. Y no sólo eso, si no, que una vez que se logró fabricar un producto de mayor durabilidad, se empezaron a perfeccionar otras cosas como su aspecto, su olor, su textura, su color…
Muchos de los panes blancos e incluso de los panes integrales (falsos) que consumimos contienen algunas de las siguientes sustancias: monoglicéridos y diglicéridos, sulfato de calcio (yeso blanco), lactato de sodio, azodicarbonamida, ácido tartárico, diacetilo, glicol propileno, harina de arroz, almidón de patata, dióxido de cloro, harina de pescado, harina de huesos, lactato de calcio, fosfato de amonio, bromato de calcio y, por supuesto, mucha sal.
El sulfato de calcio por ejemplo se empezó a utilizar para que el amasado fuese más  fácil  en las grandes fábricas  donde gigantescas máquinas tienen que mover 250kg de masa.
Muchas de las sustancias que han sustituido la levadura natural o levadura madre están compuestas de cosas tan sospechosas como el bromato de potasio, el aluminio, el cloruro de amonio o el cloruro de amilasa. El glicol propileno, por su parte, se le añade al pan para mantener el color adecuado e invariable, pero en otras industrias se utiliza como anticongelante.
Y así podríamos ir analizando todos y cada uno de estos ingredientes químicos, en muchos casos nocivos para nuestro organismo, y en otros, sencillamente innecesarios en nuestra dieta.

No son pocos los casos de personas que han notado que tienen problemas a la hora de digerir ciertos panes, ni tampoco los casos de nuevas alergias alimentarias. Dados los datos y los ingredientes contenidos en el alimento que llevamos años consumiendo casi en todas nuestras comidas, yo no me extrañaría.
Así las cosas, ahí van dos posibles soluciones para el problema del pan.
1. Dejar de comer tanto pan y complementar la dieta con otros carbohidratos más saludables.

2. Consumir pan integral a poder ser de harína ecológica con levadura natural o levadura madre, ya sea comprado en tiendas especializadas, o hecho en casa... Y cómo lo hago??? Pues aquí se abre el tema para un próximo post.

Visto 1307 veces Modificado por última vez en Jueves, 16 Febrero 2017 11:18
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